1 de julio de 1974, paso a la inmortalidad de Juan Domingo Peron

Era un lunes frío, invernal, en Buenos Aires. El cielo parecía más bajo y gris que de costumbre, como si el país entero contuviera el aliento. En la Quinta de Olivos, una lucha silenciosa y agónica llegaba a su fin. A las 13:15 horas, el corazón de Juan Domingo Perón, tres veces Presidente de la Nación, símbolo de una era, padre de un movimiento y figura que dividió aguas y unió multitudes, dejó de latir.
La noticia, transmitida en un susurro primero, luego en un grito desgarrado por las radios, cortó el tiempo. Para millones de argentinos, los «descamisados» a los que él dio nombre y dignidad, fue como si la tierra se hubiese quebrado. Una sensación de orfandad inmensa, visceral, se apoderó de las calles. No solo moría un líder político; se apagaba un faro, se desvanecía el pilar que, incluso desde el exilio, había sostenido la esperanza de un regreso y una patria justa, libre y soberana.
El país entró en un estado de suspensión, Argentina, ya sumida en una profunda inestabilidad y violencia, perdía a su árbitro máximo, a la figura de conciliación imposible que, aun enfermo, intentaba contener el torbellino.
Su cuerpo, llevado al Congreso para ser velado, fue recorrido por una marea humana interminable. Una procesión lenta y doliente de más de 24 horas, donde una nación desfiló ante su féretro para decir adiós. Cada flor depositada, cada saludo en silencio, cada crucifijo rozando la madera del cajón, contaba la historia de una vida entregada a la pasión política y de un pueblo que veía irse, con él, una parte fundamental de su propia historia.
El 1 de julio de 1974 no fue solo una fecha en el calendario. Fue el fin de una era y el comienzo de un abismo. En el aire, mezclado con el frío, quedó flotando el eco de su última frase pública, pronunciada apenas un mes antes desde el balcón de la Rosada, dirigida a esa multitud que ahora lloraba: «Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino.» Esa música, ese día, se transformó en un silencio denso y en un llanto que resonó en el alma de un país.